La chica de la habitación de al lado del hospital en el que tanto ella como mi mujer acababan de parir, comentaba que de no haber venido al hospital, hubiera parido sin problemas. Pero que al ver la sala donde tenía que parir…, se le paró la dinámica de parto. Y su hijo acabó naciendo por cesárea.

Mi mujer en cambio había visitado la sala de partos en las clases preparto que se hacían en ese mismo hospital. Y, el día de antes, había estado en esa misma sala, postrada en la camilla para que la comadrona le practicara un tacto y le iniciara la dinámica de parto.

Para mi mujer la sala de partos resultó ser un territorio conocido, un territorio “amigo”, a diferencia de la chica de la habitación de al lado que le resultó un territorio “intimidante”. Para mi mujer esa sala era motivo de seguridad, de relajación. Para la chica de la habitación de al lado resultó ser un motivo de estrés. Mi mujer, si no llega a ir al hospital se hubiera estresado de tal manera en casa que no hubiera dilatado lo suficiente para tener un parto natural. Justo lo contrario que la chica de la habitación de al lado.

La moraleja es clara. Conocer el escenario de los acontecimientos es un factor que puede llegar a ser determinante para el éxito o fracaso de una actividad. En este caso, la actividad del parto.

Y esto se puede aplicar al ámbito de la comunicación ante un auditorio. El actor, orador o conferenciante que conoce el espacio en el que va a tener lugar su actuación, tiene un aliado a su favor. Por eso es muy recomendable que siempre que tengamos la oportunidad de visitar con anterioridad el lugar en el que vamos a llevar a cabo una comunicación ante un público, lo visitemos. Realmente es un factor que nos proporcionará seguridad.

Por más experiencia que tengamos vamos a sentir tensión antes de salir a escena. Mick Jagger después de cincuenta años sobre las tablas sigue sintiendo cómo le corre la adrenalina por las venas minutos antes de empezar el concierto. Así pues, conocer el espacio de nuestra actuación hace que liberemos a nuestra mente de una ocupación. La de tener que asimilar el espacio como “territorio amigo” que proporciona seguridad. Y de esta manera poder utilizar esa energía y ese tiempo en otros factores que marquen la diferencia entre el éxito de nuestra actividad.

Conocer el espacio en el que vamos a tener un papel protagonista o destacado es de gran importancia. Lo es para un actor, un conferenciante o un orador como lo es para que una mujer pueda tener una experiencia muy gratificante del inicio de su maternidad.

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Estos días he seguido con interés, y consternación, la competencia comunicativa de la ministra de Sanidad del gobierno español y del consejero de sanidad de la Comunidad de Madrid, en relación con el primer contagio del virus de Ébola fuera de territorio africano; ocurrido en el hospital Carlos III de Madrid.

Tanto la ministra como el consejero de sanidad de la comunidad representan un claro ejemplo de dos factores que no se pueden dar en un acto de comunicación interpersonal o ante un público. Y mucho menos cuando la situación de comunicación es de crisis social.

Estos factores afectan a la credibilidad del emisor del mensaje por un lado y a la generación de rechazo en el receptor, por otro. Me refiero a no dominar el tema de qué se habla, es decir, no saber de qué se habla, como es el caso de la ministra. Y a la actitud prepotente y despectiva por parte del consejero de sanidad.

En la única rueda de prensa que ha concedido la ministra, apareció con cara angustiada y rodeada de su equipo de gobierno. Equipo en el que se encuentra el consejero de sanidad de Madrid. La Ministra se limitó a leer un comunicado de nueve minutos. Sin levantar prácticamente la vista en todo ese rato. Perdiendo el contacto visual con periodistas y telespectadores. Dando la sensación de que se estaba escondiendo.

Luego vino la confirmación de lo peor. Cuando los periodistas le hacían una pregunta, la expresión facial de la ministra mostraba incomodidad por el hecho de tener que dar explicaciones. Y una vez finalizada la pregunta, en voz baja, pedía a alguno de sus colaboradores que contestara. La ministra definitivamente se estaba escondiendo porque no tenía competencia para contestar. Y cuando se dignó a contestar, tras la insistencia de algún aguerrido periodista, lo hizo para no contestar a la pregunta y salirse por la tangente.

Para acabarlo de rematar, y ante la ausencia de la ministra en los medios de comunicación, el consejero de sanidad de la comunidad de Madrid ha venido mostrando en las ruedas de prensa una actitud chulesca y ofensiva. Ha llegado a acusar a la enfermera afectada de ser la única responsable de su contagio.
La ministra puede ser una incompetente en este caso pero no se ha mostrado prepotente. Causa desconfianza en quién la oye pero no una rabia, incluso odio visceral como el consejero.

Para mí la prepotencia es un sentimiento que se fundamenta en un relato mental que afirma: “yo sí sé, yo si valgo y tú tienes suerte de poder interactuar conmigo”. Personalmente me causan un gran rechazo aquellos oradores que se muestran pagados de sí mismos, que están encantados de escucharse y de exhibirse.

Lo importante es el mensaje. Es ser capaces de persuadir. Para ello el mensaje debe de ser el protagonista y el orador tiene que desaparecer. Como hacen los buenos actores que solo muestran el personaje y no su propia persona cuando actúan.

Los oradores exhibicionistas no asumen una cosa que está inscrita en la percepción humana. La humildad es persuasiva. La prepotencia genera rechazo. La humildad habla el lenguaje de la concordia y la paz. La prepotencia el lenguaje del conflicto y la guerra.

Al público hay que respetarlo. En su inteligencia y dignidad. Por ello si pretendemos transmitir un mensaje, si pretendemos presentarnos como interlocutor válido, debemos saber de qué hablamos. Y decirlo con respeto. Desde una actitud de humildad. Competentemente humildes. Y lograremos, a diferencia de la ministra de sanidad y el consejero de sanidad de Madrid, proporcionar confianza a aquellos que nos escuchan.

Como oradores podemos conseguir que nuestra audiencia se canse de escucharnos por diferentes motivos. Eeeeh, uno de estos motivos aaah, es la verbalización de muletillas.

Las muletillas son aquellos sonidos como “aaah”, “eeeh”, “uhmmm”, que producimos mientras pensamos lo que vamos a decir. Esto resulta realmente cansino y produce un efecto “bola de nieve” en la audiencia. Es como una gota malaya que te cae en la cabeza y al cabo de media hora te resulta insoportable.

¿Cómo lo podemos evitar? Cambiando la seguridad o el confort que nos produce este tipo de sonidos por otro. El silencio. Al principio nos incomodará pero poco a poco comprobaremos que podemos encadenar nuestros argumentos sin la necesidad de enlazarlos con molestos sonidos para la audiencia. Y todo eso que habremos ganado.

Además de los sonidos anteriormente comentados existen otro tipo de muletillas. Las formadas por palabras o expresiones. A mí personalmente me molesta cuando alguien al final de una frase dice: “¿vale?”. El abanico de palabras y expresiones candidatas a convertirse en muletilla, es muy amplio. Recuerdo un profesor que tuve que a cada poco decía: “¿me entienden la cuestión?”

Existe una tercera modalidad de muletilla. Esta modalidad no sale de nuestra boca. Sale de nuestro cuerpo. Ya sea al repetir una y otra vez un mismo gesto facial, de brazos, incluso de cadera… ¡La de cómicos que se fijan en esto para parodiar a sus víctimas!

Una herramienta que nos permite tomar conciencia de las muletillas que cometemos nos la proporciona la grabación de video. Gracias a ella podremos ir modificando nuestra actuación. Ir interiorizando una nueva manera de hacer y así, con la práctica, sentirnos confortables y seguros con ella.

Las muletillas molestan a nuestra audiencia. Son una manera de facilitar su desconexión de nuestra persona y nuestro mensaje. Es un drama que un buen mensaje no tenga el alcance que se merece por una cuestión como ésta. O que una persona competente y comprometida en un tema no pueda transmitir esos valores debido a una serie de aaah, eeeh ,uhmm, etc pronunciados. ¿Vale? Pues eso.

 

Nunca es pronto para establecer comunicación con alguien. Para  establecer puentes emocionales y consolidar la relación. Sobre todo si ese alguien es tu hijo. Tu futuro (aunque presente) hijo.

Conversando el lunes pasado con uno de los futuros padres con los que compartí clase de preparto, me di cuenta de cómo algunos hombres pierden la oportunidad de establecer un puente emocional con sus propios hijos mientras se gestan en el vientre de sus parejas y fortalecer, así, su vínculo con ellos.

¿A qué me refiero? A algo tan sencillo como acercarse al abultado vientre y dedicarle los buenos días y las buenas noches y cantarle una breve canción a continuación. Llegar a casa después del trabajo y hacerle saber que papá ya llegó. Comentarle qué chulo es el carro o la habitación que le espera,.. En fin aprovechar cualquier oportunidad para hacerle presente que papá también existe.

A esta verbalización le podemos añadir unas caricias al vientre de mamá. Estas caricias pueden tener su propia identidad según sean las de los buenos días, las buenas noches o las de cuando llegamos de trabajar.

De la repercusión positiva que esto tenga para el feto no tengo la menor  certeza científica. Aunque estoy convencido que mal no le hace. Sobre todo teniendo en cuenta de cómo reacciona mi hijo cuando se lo hago. Eso es lo más importante. Que reacciona ante mis estímulos. Ante la presencia de mi voz y de mi tacto. Y eso me hace feliz porque él y yo ya estamos en contacto. Tenemos una relación. Y me proporciona la sensación de ser parte activa en su proceso de formación.

Por eso cuando el pasado lunes uno de los padres (en potencia que diría Aristóteles) me comentó que él de momento lo que hacía era esperar. Que en la fase de gestación poco puede hacer el hombre. Que ya cuando la viera pues ya se haría a la idea de que tiene una hija… No pude dejar de sentir sorpresa y tristeza. Por supuesto  le expliqué a continuación  qué era lo que yo hacía al respecto…, mientras me miraba con una expresión facial de sorpresa.

Establecer una relación de comunicación con el hijo o hija que se está gestando implica también establecer un nuevo puente emocional con la pareja. Es una manera de hacerle saber que estás ahí. Es una oportunidad de fortalecer la relación  y la vivencia en tanto que núcleo familiar. Y cuanto más se practica mejor.

Nunca es tarde para establecer una relación de comunicación con alguien. Sobre todo si ese alguien es tu futuro hijo. Por ello animo a todos los futuros (aunque presentes) padres a que tomen conciencia de lo mucho que ganan con ello. A que no se resignen, conformen o acomoden a desempeñar un rol pasivo  Practiquen a partir de hoy mismo. Sus hijos y sus parejas y ustedes mismos lo agradecerán.

DESDE LA CIMA

28 agosto, 2014

Acabaron mis vacaciones y vuelvo a ponerme en contacto con todos ustedes. Y lo hago compartiendo uno de los momentos vividos. Uno de esos momentos en que uno toma contacto con la naturaleza, con su propio cuerpo, apacigua la mente y se reencuentra de nuevo.

Cuando vean el vídeo, les propongo que respiren hondo, que noten como ese aire que entra les refresca y les causa bienestar. Céntrense en contemplar el fluir del paisaje. Nada más. Respirando de manera pausada.

Disfrútenlo.

 

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