MÁSTER VITAL DE MONTAÑA

6 diciembre, 2010

Practico montañismo siempre que puedo. Me apasiona. Lo hago desde hace años y le debo mucho. Entre las cosas que le debo a este deporte, es una ética del esfuerzo. He vivido situaciones que me han hecho tomar consciencia de que mis límites tanto físicos como mentales estaban mucho más allá de lo que pensaba a priori.

Por propia experiencia sé, que para subir una montaña hay que saber dosificar las fuerzas. Recuerdo a un compañero de caminatas que tuve, de ochenta años de edad, que me dijo que para llegar a la cima como un joven debía ascenderla como un viejo. Y tenía toda la razón. Hay que ser paciente. Y no querer correr más de lo a uno le conviene. Llegar a la cima es el objetivo. Pero no el llegar a cualquier precio.

Suele ocurrir que mientras uno va ascendiendo va siendo consciente de que es víctima de sucesivos engaños de perspectiva. Esto quiere decir que la cima suele estar más lejos de lo que uno piensa. Que la que se cree que es la cima resulta que no lo es, en realidad. Sino que una vez alcanzada ésta, se abre ante nosotros un espacio más o menos profundo, más o menos inclinado que asciende a lo que parece ser, esta vez sí, nuestro objetivo. Esto obliga a reprogramar la mente, a adaptarla ante la nueva perspectiva que se abre ante nosotros.  Que puede que haya que volver a reprogramar más arriba.

El llegar a la cumbre supone el haber conseguido el objetivo que nos habíamos marcado. Eso sin duda, nos llena de satisfacción. Y si está despejado, el esfuerzo realizado nos es recompensado con unas vistas espectaculares. Pero una vez conseguido, puede que aún nos quede la parte más delicada por realizar. Y no me refiero a mantenernos arriba en la cumbre, puesto que es justo ahí donde se dan las peores condiciones atmosféricas de todo el recorrido. Donde la naturaleza muestre su cara más hostil. Me refiero a la bajada.

La bajada requiere el haber sido previsor y haber reservado fuerzas para esta parte del recorrido. Requiere el prestar mucha atención a dónde ponemos los pies para no resbalar, tropezar, bajar rodando y poner nuestra vida en peligro. Supone la entrada en acción de un grupo de músculos de las piernas que hasta este momento no lo había hecho y el someterlos a un estado tensional continuado y, muchas veces, doloroso. Es en este punto cuando uno asume que el objetivo de subir hasta arriba del todo de la montaña es importante pero que hay otro objetivo igual de importante que es, el poder llegar sano y salvo a los pies de ésta.

Subiendo y bajando montañas he aprendido a disfrutar del proceso, del camino. A no tener fijación por llegar arriba del todo sino a saber valorar los diversos momentos que experimento mientras intento llegar. A saber reconocer el mérito que tiene el ir alcanzando las diferentes cotas de altitud, a saber sortear las distintas dificultades que van surgiendo, a no perder la ilusión por seguir adelante…

En momentos en que las fuerzas flaquean y la cima se me antoja lejana o la bajada interminable… miro hacia atrás y tomo consciencia de todo lo recorrido. Recuerdo que paso a paso el camino se va acortando. Y que sólo debo ocuparme del siguiente paso a dar.

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