ELOGIO AL PROCESO

10 diciembre, 2010

Para mí, tan importante es, o más, el proceso como el objetivo. El proceso, que va desde el momento en que decidimos actuar hasta que conseguimos aquello que nos hemos propuesto, es lo que consume más esfuerzo y tiempo. Y, como todos sabemos, el tiempo pasa para no volver jamás. Así que intento por todos los medios sacarle el máximo rendimiento. Mediante una planificación eficiente, una ejecución disciplinada y tenaz junto con una buena dosis de optimismo. Intento ser consciente de cada paso que doy. De cómo lo que parece un paso atrás o un estancarse es la oportunidad ideal para poner a prueba nuestro conocimiento y nuestra imaginación. Así como nuestro carácter. Y de cómo un gran logro es una cadena de otros más pequeños, incluso minúsculos.

Cuando consigo un objetivo…, voy a por otro para no aburrirme pero, ¿qué ocurre cuando no alcanzo el objetivo que me he propuesto? Pues que nada ha sido en balde. Porque al intentar un propósito invirtiendo con generosidad energía mental y física, uno sabe dónde ha acertado y dónde debe o puede mejorar. O si lo que más le conviene es cambiar de objetivo.

Por otra parte, puede que no llegar a un objetivo nos abra la puerta para poder conseguir otro. Uno que no se nos había pasado por la cabeza antes. Y es que las musas sólo hacen visitas en horario de trabajo.

Cuando acabo de estrenar una obra de teatro escrita por mí, me acuerdo del primer día que empezó a gestarse la idea en mi imaginación. No puede dejar de sorprenderme, el hecho de que esa idea haya acabado obteniendo una forma y un contenido. Pienso, “¡quién me hubiese dicho, cuando empezaba a navegar por el desierto de la incertidumbre, que conseguiría lo que he conseguido!”. Y es que poco a poco se van encontrando oasis. Mientras se planifica la estructura, mientras se escriben  y reescriben escenas, se producen esos “clicks” que desencadenan una serie de conexiones neuronales que hacen que “de repente” veas claro un tramo de camino a seguir.

Si la obra escrita ha emocionado al público como para  evitar el fantasma de la indiferencia o lo que es peor, el aburrimiento, entonces la recompensa es doble. Pero independientemente de eso, lo que me produce satisfacción, es lo aprendido durante el proceso.  Y me doy cuenta de que la vida, a parte de teatro, es un proceso continuo.

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