CUANDO SENTIR MIEDO NO ES BENEFICIOSO

28 mayo, 2012

 

El genial Aristóteles afirma en su Etica a Nicómaco que lo crucial del tema de las emociones es el conocer cuándo y cómo expresarlas para que de esta manera contribuyan al bienestar individual y social.

Las emociones nos predisponen para la acción de una manera determinada. De hecho la palabra emoción deriva de la palabra latina emotio que deriva del verbo emovere y significa: “movimiento hacia”. Una emoción nos saca de nuestro estado habitual, nuestro estado “neutro” o de “equilibrio”.

Los seres humanos, a lo largo de un millón de años desarrollaron y consolidaron, una serie de emociones que les ayudaban a reaccionar ante situaciones de manera que pudieren asegurar la supervivencia. Estas reacciones, en su evolución biológica, se han llegado a integrar en el sistema nervioso como tendencias innatas y automáticas. Lo que ocurre es que las circunstancias del ser humano posmoderno nada tienen que ver con las del pleistoceno. En cambio disponemos del mismo repertorio de recursos emocionales. Y esto en algunos casos puede ser contraproducente.

Por ejemplo, sentir miedo y su correspondiente reacción puede significar la vida o la muerte de un individuo en un momento determinado cuando se  encuentra con un león o con el enemigo. Aunque puede ser un auténtico obstáculo cuando se encuentra a las puertas de examinarse de clase algo importante. En el primer caso el cuerpo estará tensado de tal manera que le permita correr como nunca o golpear con una fuerza inusual. En el segundo caso lo más probable es que la capacidad de memoria disminuya y tenga dificultades para concentrarse aumentando las posibilidades de fracaso.

Es digno de tener en cuenta, que el ser humano es el único animal capaz de estresarse con el pensamiento. No en el sentido de acabar agobiado por pensar demasiado. No, en el sentido de anticipar un “peligro”, una situación que “aquí y ahora” no existe. En pensar, por ejemplo, que si cuando sea viejo voy a tener jubilación, de si viviré una guerra alguna vez o de si veré mi país gobernado por políticos honrados y competentes… Estos pensamientos  y otros muchos que nos asaltan en nuestra vida cotidiana (como cuando entra nuestro jefe por la puerta de la oficina…) provocan un torrente bioquímico de consecuencias no gratuitas en nuestra fisiología. Emociones como el miedo si son experimentadas de un modo continuado acaban produciendo efectos perniciosos sobre nuestra presión arterial, ciertos órganos vitales y lo peor de todo es que cada vez nos volvemos más propensos a reaccionar de la misma manera y a interpretar la realidad bajo los parámetros de un torrente hormonal específico.

Ser conscientes de cómo reaccionamos, en qué circunstancias, etc y si esta manera de reaccionar nos perjudica, es el primer paso para intentar reaccionar de manera distinta. Para ello nos podemos de ayudar de distintos recursos, como la respiración, escribir aquello que nos angustia y relatar su evolución a lo largo de quince días o un mes (para poder tomar distancia y relativizar), hacer actividades que nos proporcionen bienestar (como el contacto con la naturaleza o relaciones sociales satisfactorias), etc…

Tenemos un repertorio emocional que procede de la noche de los tiempos y que nos es de vital importancia. De lo que se trata es de hacer todo lo posible para que no nos vaya a la contra en las circunstancias que vivimos en el siglo XXI.

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