DE LAS GRATIFICACIONES Y LOS PLACERES

4 junio, 2012

El psicólogo Martin Seligman en su interesante libro titulado: La auténtica felicidad, explica una aleccionadora historia acerca de un lagarto exótico de la Amazonia propiedad de un antiguo profesor suyo. Resulta que el lagarto no tenía apetito y estuvo a punto de morir. Su antiguo profesor le llevaba de todo: lechuga, mango, carne de cerdo picada, insectos vivos, comida china… Pero el lagarto se mostraba indiferente. Incluso le dio un bocadillo de jamón. Un día, después de leer el periódico, lo lanzó de tal manera que fue a parar encima del bocadillo. Entonces el lagarto reaccionó se fijó en el periódico, se colocó en posición y saltó sobre él destrozándolo. Acto seguido se comió el bocadillo. El famélico lagarto necesitaba acechar y triturar antes de comer. ¡Estuvo a punto de morir de hambre porque se lo habían puesto fácil! En las sociedades del rico occidente muchas personas mueren de hambre espiritual víctimas de la depresión.

En las últimas décadas la depresión ha crecido de manera preocupante en todas las sociedades acomodadas del mundo. Las condiciones de vida reales han mejorado enormemente pero no la sensación subjetiva de bienestar de los individuos. Pareciera que la depresión es una epidemia pero la biología humana no ha cambiado tanto en los últimos cincuenta años como para que le podamos atribuir un origen físico.

Seligman, conectando con el pensamiento de Aristóteles, distingue dos aspectos positivos que podemos experimentar en la vida: los placeres y las gratificaciones. Es una distinción importante porque nos lleva a dos tipos de vida distintos, la vida placentera y la buena vida. La diferencia fundamental entre los placeres y las gratificaciones está en que los primeros se consiguen de manera fácil y las segundas mediante el esfuerzo, ya que requiere poner en práctica nuestras fortalezas.

El placer es una fuente de motivación, no cabe duda, pero no aumenta el capital psicológico de las personas. La dependencia de muchos individuos respecto a fórmulas rápidas de felicidad y/o placer (comida, sexo, drogas, televisión…) tiene consecuencias desastrosas. Las fortalezas y habilidades de una persona quedan anuladas.

Un buen antídoto contra la depresión consiste en identificar y desarrollar nuestras fortalezas. Las podemos identificar preguntándonos: ¿qué es aquello con lo que disfruto de tal manera que parece que el tiempo se detenga? ¿qué es aquello en lo que me concentro de tal manera que hace que me olvide de mi mismo? El poner en práctica nuestras fortalezas puede ser duro. No siempre es placentero y puede resultar hasta estresante. Porque se trata de un reto y exige habilidad, porque requiere de objetivos claros… Pero nos proporciona crecimiento psicológico porque nos implicamos profundamente, existe una sensación de control, nuestro sentido del “yo” se desvanece… Esto último es importante porque una de las características de la persona deprimida es su ensimismamiento, el estar centrada en lo que siente y en proyectar hacia el futuro su estado de ánimo, entrando en un círculo vicioso de autodestrucción.

Cuantas más gratificaciones podamos proporcionarnos y conservemos y cuanto más nos moderemos en la búsqueda del placer, menos deprimidos estaremos y más autenticidad y sentido daremos a nuestras vidas.

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