LA CAPACIDAD DE CRÍTICA DEL SENTIDO DEL HUMOR

16 julio, 2012

Vi en televisión al humorista Sacha Baron Cohen, creador de personajes tan impactantes como Borat, haciendo un discurso ante numerosos periodistas disfrazado de jefe militar para promocionar su última película, Dictador.  En la rueda de prensa daba las gracias a los políticos mundiales por no ser capaces de consensuar una resolución efectiva a favor de los ciudadanos de Siria que están siendo masacrados por su líder político. Mientras se reía agradecido les decía: “¡Tíos, sois cojonudos!”. Me impresionó.

El personaje del bufón siempre me ha atraído. Por ser el único al que le está permitido en la corte decirle al rey lo que todo el mundo piensa sin el temor de que le corte la cabeza. Eso sí, debe hacerlo tras la máscara de la locura. Debe asumir el rol de alguien que no sabe realmente lo que está diciendo o que no se toma en serio sus propias palabras.

Pero las palabras no son neutras. Y una vez dichas tienen su efecto. En la conciencia de los demás, en el inconsciente colectivo. Y a partir de ahí nunca se sabe lo que puede llegar a generar, la cadena de posibles consecuencias.

Además de la máscara de la locura, el bufón utiliza la máscara del humor. Su crítica pasa por el filtro de un discurso estructurado y enunciado de tal manera que su contenido resulte más soportable de oír. Y esa es la gracia; expresar un contenido demoledor de tal manera que no resulte indigerible para aquél o aquellos a quienes va dirigido.

Muy importante, para el bufón, es la intención con que dice las cosas. Sabe que ahí se la juega. No pretende ofender. Se limita a exponer los hechos como si éstos fueran una prueba de la buena voluntad o el buen hacer del poder. Por ejemplo:

Rey:            Quiero a mi hermano.

Bufón:        ¡Nadie lo duda mi señor! ¡Hace falta mucho amor para ser capaz de ejecutarlo tras haberlo torturado como habéis hecho vos!

El dominar la técnica de la sátira no es fácil. Sobre todo, insisto, por el tono, la intención con qué se dicen las cosas. Se requiere de un cierto distanciamiento emocional que permita ver los hechos de manera fría, poder dar un giro al discurso y ser capaces de meter el dedo en la llaga. Este distanciamiento es el que permite jugar con fuego sin quemarse o quemarse poco. Es lo que permite el poder decir “verdades como puños” bajo una capa de dulce y otra de vaselina.

El distanciamiento supone el no estar identificado emocionalmente con el propio discurso al 100%. Permite la construcción de una especie de personaje que permite la capacidad de improvisar nuevas respuestas ante una situación, relación,… dada.

Los bufones son necesarios en toda sociedad. Y de ellos podemos aprender para poder evitar confrontaciones violentas o tener que tragar con ruedas de molino sin más.

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