PROPICIAR RELACIONES INTERPERSONALES

10 septiembre, 2012

 

 

Los primeros cuatro días de mis vacaciones estivales los pasé en el monasterio de clausura cisterciense de Poblet. Hacía casi veinte años que no me refugiaba del mundanal ruido tras sus gruesos muros. Me beneficié, una vez más, del silencio, la meditación y las conversaciones con algunos de los miembros de la comunidad. Muchas emociones.

Quiero compartir con ustedes una vivencia. Una de las que más profundamente me hizo vibrar. El hecho es que tuve la oportunidad de charlar un buen rato con el que fuera  Abad General de la Orden del Císter entre 1995 al 2010. Durante ese período de tiempo vivía en Roma, despachaba con el Papa, viajaba por todo el mundo para visitar los monasterios del Císter y tenía poder de decisión.

Yo lo conocí veinte años atrás cuando era abad de Poblet. Es un hombre con un semblante muy serio. Es alto y camina muy recto, sin resultar forzado. Todo su porte infunde mucho respeto. Tanto, ahora que lo recuerdo, que cuando se acercaba a los niños para agasajarlos con una sonrisa o una caricia, éstos rompían a llorar.

Sigue infundiendo mucho respeto. Tanto que no me animé a saludarlo hasta la misma tarde en que finalicé mi estancia. Lo veía que andaba con la cabeza gacha, andando muy lentamente, con ese semblante… Cuando lo veía pensaba que era mejor no molestarlo no fuera que interrumpiera algo importante… Pero otro monje, me animó a que lo saludara. Me dijo que le haría feliz si lo paraba, me presentaba y  lo saludaba. Me sugirió que no me atemorizara su semblante y su manera de andar.

Y así lo hice. Después de comer. De camino a nuestras habitaciones. Él se hospeda en el piso de abajo del edificio en el que yo tenía mi habitación. Respiré hondo varias veces, me acerqué y con una sonrisa pronuncié su nombre. Él se detuvo, levantó su cabeza y me miró. Yo me presenté y él dibujó una sonrisa en la mirada y en su semblante. Estaba encantado que hubiera tenido el gesto de querer compartir con él parte de mi tiempo. Estaba encantado que después de veinte años siguiera yendo al monasterio. Se interesó por lo que hacía, cómo me había ido durante este tiempo… Yo le pregunté por su experiencia como “capo di capi” de la orden… Tan entusiasmados estuvimos poniéndonos al día y compartiendo pareceres que me invitó a su estancia. No me lo podía creer.

Y allí estaba yo. Sentado en un sofá al que muy probablemente lo habían calentado posaderas mucho más ilustres que las mías. Emocionado me enseñó un libro en el que se recogían sus discursos como Abad General y continuamos charlando afablemente durante largo tiempo.

Cuando acabó el encuentro, recuerdo que todo yo vibraba. Di gracias por haber sido valiente y haber hecho el esfuerzo de propiciar una experiencia positiva de la que me voy a acordar toda la vida. Me hizo reflexionar acerca del dicho que afirma que “la cara es el reflejo del alma” y que no siempre es cierto. Me hizo reflexionar que de no haber hecho el esfuerzo hubiera desaprovechado una excelente oportunidad de conocer a una persona de una gran talla humana. Que las personas con un interlocutor sincero, amable y que sabe escuchar y preguntar solemos ser generosas. Y las grandes personas  no son una excepción.

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