EL PODER DE PERSUASIÓN DE LAS HISTORIAS

28 enero, 2013

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Dos años atrás, paseando por la parte alta de la Cuarta Avenida de Manhattan, tras visitar el museo Guggenheim, me percaté de la presencia de unos reporteros gráficos apostados fuera de una tienda. No eran muchos pero llamaban la atención. Me acerqué y comprobé que se trataba de una joyería. A través del escaparate pude observar a una dama vestida elegantemente tocada por un sombrero, sosteniendo una copa de champán que atendía a las observaciones de un solícito dependiente. En la puerta había dos guardaespaldas. Miré hacia atrás y me di cuenta que el coche que había traído aquella la dama llevaba una bandera con escudo. Al volver la mirada hacia ella, me dí cuenta que era la primera vez que veía en vivo y en directo a una reina. En este caso la reina de Dinamarca. Tras pensar en las vidas tan distintas que aquella mujer y yo teníamos en todos los sentidos,  enfilé mis pasos hacia una parte más modesta de Manhattan donde me esperaba mi habitación de hotel. Poco antes de llegar me sobrecogió la imagen de un sin techo tendido en el suelo, semiinconsciente y tiritando, seguramente, por la presencia cada vez más cercana de la fría muerte. En ese momento pensé en las vidas tan distintas que aquel hombre y yo teníamos en todos los sentidos…

Aquel día tomé conciencia de tres cosas: La primera, que hay que saber respirar hondo para poder gestionar emocionalmente tanta injusticia social. La segunda, que la suerte puede cambiar. Las monarquías pueden ser abolidas y un golpe de infortunio puede hacer que acabes muriendo en la calle como un perro. La tercera, que debo hacer lo que esté en mi mano para que mi familia, mi comunidad, mi sociedad, este mundo sea más solidario a nivel social.

¡Aportemos nuestro grano de arena para corregir la desigualdad social de nuestro entorno inmediato! ¡Vayamos a la asociación de vecinos de nuestro barrio e informémonos sobre qué podemos hacer!

Lo que acabo de hacer es contarles una historia. No en el sentido de que sea una falsedad, sino en el sentido de que he utilizado la estructura de un relato o de un cuento. “Érase una vez…” ¿Por qué lo he hecho? Para llegar a sus corazones. Para hacer que mi llamamiento a la acción tuviera mucha más fuerza, les hiciera vibrar emocionalmente de manera más intensa y profunda que si les digo que en el mundo hay mucha injusticia social y seguidamente les pido que se movilicen.

Las historias tienen ese poder. El poder de conectar con la parte emocional del cerebro, con la parte límbica. Tiene el poder de persuadir de manera efectiva a aquel que la escucha. Y esto es así por distintas razones. Una de ellas es que esta estructura del relato está inscrita en nuestro ADN. Fue a través del relato como nuestros antepasados se transmitían el conocimiento de generación a generación. Antes de la existencia de la escritura y la socialización de la alfabetización, el chamán era el encargado de escenificar esa transmisión de conocimiento ante el resto de la tribu.

Otra razón está en el hecho que cuando explicamos una historia conectamos con nuestra experiencia y nuestra emocionalidad vivida. Y eso es lo que hace que los demás (gracias a las neuronas espejo) empaticen con nosotros y sean susceptibles de ser persuadidos.

Ayer fui a ver una película sobre uno de los personajes más relevantes de EE.UU., Lincoln de Steven Spielberg. Lo que más me llamó la atención, a parte del carácter moderado del personaje y su firme determinación fundada en sólidos valores éticos, fue su capacidad para contar historias. Tenía una historia para cada situación y para cada interlocutor. Y es que ese hombre insigne, sabía que si quería cambiar su sociedad, debía cambiar la razón de las personas llegando a su corazón.

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