SOBRE LA ELOCUENCIA

4 febrero, 2013

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Leer a los antiguos me resulta una actividad muy gratificante. Sobre todo porque como en la Antigüedad no existía imprenta, las obras que nos han llegado pertenecen a los personajes más prominentes de su sociedad. Les animo a que lean y escuchen las palabras de aquellos que fundamentan el pensamiento occidental.

Leyendo con deleite a Cicerón acerca de la experiencia oratoria de los senadores y magistrados romanos me he dado cuenta, de cuanto sabían ya acerca del tema veintiún siglos atrás. De hecho, actualmente, no hacemos más que seguir el camino marcado por su experiencia.

Quiero compartir con ustedes tres cosas que Cicerón apuntaba respecto a la elocuencia, es decir, la capacidad de un orador de persuadir a su audiencia.

La primera se refiere a la actuación escénica del orador. La figura del orador presupone un público. Y éste está formado por seres humanos; es decir seres emocionales. El buen orador, el orador elocuente, es aquél que es capaz de emocionar a su audiencia de tal manera que lo predisponga a su favor. Por ello deberá expresarse (a nivel de voz y de gesto) según convenga en cada momento. ¡Flaco favor se hará aquel orador que quiere motivar a su audiencia sin mostrarse entusiasmado por aquello que propone!

La segunda se refiere a la estructuración del discurso. A saber captar favorablemente la atención de la audiencia y a mostrar el tema del que se va a tratar en nuestra introducción, a exponer nuestras ideas de manera clara en el cuerpo de la narración y a saber reforzar nuestro mensaje en la conclusión. ¡La estructura ha de conseguir atraer y mantener la atención de la audiencia! Para ello, será de suma utilidad el uso de figuras retóricas…

La tercera hace referencia al hecho de que aquellos que consiguen buenos discursos, discursos elocuentes, son aquellos que poseen una extensa cultura puesto que pueden interrelacionar conocimientos. Afirma Cicerón que un discurso elocuente requiere horas invertidas en lectura y también en escritura. La práctica de la lectura y la escritura proporcionan el conocimiento de las posibilidades expresivas del lenguaje y el poder utilizarla según nos convenga.

Así pues Cicerón da prioridad, al igual que hiciera Demóstenes, el gran orador griego alumno de Aristóteles, a la actuación escénica. Ésta es la clave de la elocuencia de un orador. Aunque sin perder de vista que esta actuación escénica debe fundamentarse en un buen texto, es decir en un discurso estructurado y sazonado de la retórica necesaria según el objetivo que se persigue. Y para conseguir esa maestría en la elaboración de discursos es necesario el hábito de la escritura y de la lectura.

Por eso es tan importante leer. Por eso es tan importante escribir. Por eso los oradores elocuentes, al igual que el oro, brillan allí donde se encuentran y son escasos.

Pienso que si la elocuencia fuera una asignatura desarrollada a lo largo de la educación escolar de los seres humanos el mundo sería muy diferente. Y que quien logra ser elocuente, goza de una gran ventaja para adaptarse a unos tiempos tan competitivos como los actuales.

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