ADAPTARSE A LAS CIRCUNSTANCIAS CON DIGNIDAD

15 abril, 2013

 

 

El pasado domingo estuve comiendo en un restaurante al que voy de tanto en tanto porque se come bien, el precio es razonable para mi bolsillo y está situado a primera línea de mar. Con alguno de los camareros, que ofrecen un trato amable al cliente, tengo cierta confianza porque me intereso por la evolución del negocio en estos tiempos de crisis. La cosa está realmente complicada.

Ese día tuve la ocasión de conocer más en profundidad a Andrés. Un uruguayo sonriente, educado y solícito trabajador de treinta y pocos años. Andrés se equivocó en la cuenta al cargar un helado de más. Mi esposa que acostumbra a revisarlo todo, se percató de ello. Se lo comunicamos a Andrés que apurado nos pidió disculpas. Se lamentó de no haber repasado la cuenta que le había dado el encargado de la caja. Nos dijo que es lo que acostumbra a hacer para evitar estas situaciones. “Es una hábito que tengo porque yo antes de tener que ser camarero trabajaba en administración, rodeado de papeles y cuentas”. Nos dijo. Y luego añadió desprendiendo cierto aroma de tristeza: “Al principio de veme llevando una bandeja… me sentía avergonzado”.

Le dijimos que la vida da muchas vueltas y que él demostraba una gran dignidad personal al ofrecer a los clientes un buen servicio. Con su atención, amabilidad y sonrisa. Que esa actitud era una parte importante para mantener a flote el negocio. Le alabamos su capacidad de adaptación a las circunstancias y se alegró de escuchar esas palabras.

Pienso que es muy sano aprender a distinguir lo que somos como personas a lo que hacemos profesionalmente. Días atrás leí una entrevista hecha al economista y gran humanista recién fallecido José Luis Sampedro en la que afirmaba que él quería ser recordado no por sus obras literarias y ensayos sino por haber sido una buena persona. Sampedro tenía muy claro que lo que realmente vale la pena es generar momentos de felicidad a la gente que te rodea. Es lo que realmente aporta satisfacción al espíritu humano. A diferencia de la necesidad de perseguir constantemente el reconocimiento de los demás. ¿Somos lo que hacemos o somos lo que nos mueve a actuar?

Para mí son ejemplos a seguir todas aquellas personas que luchan por salir adelante en un entorno realmente complicado como es el actual y no permiten que la tristeza se instale en su espíritu arrebatándoles la alegría.

En esas circunstancias pienso que es más importante que nunca el ser conscientes de la calidad de los diálogos interiores que establecemos con nosotros mismos. Porque esos diálogos construyen nuestra imagen, constituyen nuestra identidad. Y esta identidad determina nuestra relación con el mundo. Y, por tanto, nuestras posibilidades de adaptarnos con más o menos éxito a él.

Por ello pienso que conviene no perder de vista el cuidarnos a nosotros mismos en el uso que hacemos del lenguaje. Ser justos con nosotros mismos y evitar mensajes como: “soy un fracasado”. Porque hacen un daño inmerecido e innecesario. Eso fue lo que le generó a Andrés el sentimiento de vergüenza al verse con una bandeja de camarero. Y por un tiempo cuestionar su propia dignidad como persona.

Al despedirme de Andrés, el sábado pasado ví en su mirada agradecimiento. A veces es necesario que alguien desde fuera te recuerde que otro discurso sobre ti mismo es posible. Uno que te permita estar preparado para aprovechar la oportunidad cuando esta se presente. Hoy por ti, mañana por mí Andrés.

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