LA PRESIÓN NO TRIUNFA COMO LA MOTIVACIÓN

6 mayo, 2013

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Este fin de semana un conocido me ha dado la noticia de que cambia de empresa. Cuando se lo comunique a su empresa actual no piensa decirles que se va a otra que le ofrece un proyecto mucho mejor. Lo que les piensa decir es que no le gusta cómo funciona la empresa y que prefiere no formar parte de ésta.

¿Y cuál es el motivo? Varias son las razones. Una de ellas, verlo para creerlo, un gerente con mentalidad de rey absolutista, posiblemente aquejado de algún trastorno de personalidad al que no le tiembla el pulso para despedir a gente eficiente “porque no dan la talla”, así que se le cruzan los cables.

Pero la razón principal es porque le asquea que en lugar de ser motivado, lo presionen. Y estamos hablando de un personaje que allí donde va supera la media de ventas de sus compañeros. Repito, allí donde va supera la media de ventas de sus compañeros.

Le asquea que después de conseguir nuevos clientes, cerrar una gran venta o conseguir unos niveles de venta excelentes, reciba como compensación un agrio: “Tienes que hacer más”, en lugar de un afable reconocimiento del tipo: “Enhorabuena, buen trabajo, estoy intrigado por si conseguirás superarte a ti mismo”.

En las entrevistas que ha realizado para la nueva empresa, les ha dejado claro que su manera de trabajar es comprometiéndose al cien por cien con el proyecto de la empresa. Pero que para ello necesita estar motivado. Que la presión por la presión no va con él. Y que ese era el motivo por la que quería cambiar de empresa.

La nueva empresa, que lo ha seleccionado de entre ciento cincuenta candidatos, le ha reconocido el valor que aporta. Le ofrece un proyecto motivador, con una mejora salarial sensible y, lo mejor de todo es que contemplan para él un plan de formación para que ocupe puestos directivos en el futuro. ¡Cómo le ha cambiado el futuro!

La conclusión de todo esto da para mucho. Quiero destacar un par de puntos. Primero, si somos los dueños de una empresa o si ocupamos puestos de dirección y tenemos gente a nuestro cargo, nos conviene cuidar la relación que establecemos con ellos. Si no tenemos una actitud de respeto y la habilidad para motivar a nuestros empleados corremos el riesgo que marche el talento poniendo en peligro el proyecto empresarial y nuestro propio puesto de trabajo.

Segundo, como empleados, no hay que resignarse. Hay que ser proactivos, hay que propiciar las oportunidades que nos permitan encontrar aquello que buscamos. Porque lo que buscamos existe.

Estoy convencido que a este conocido mío le va a ir muy bien. Porque tiene la actitud y las aptitudes necesarias para que así sea. Y porque la empresa que se beneficiará de ello actúa con la suficiente inteligencia para facilitarle que pueda ponerlas en práctica. Ambas partes pueden llegar a beneficiarse mutuamente mucho tiempo.

 

¡No dejemos de propiciar oportunidades!

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