LA ACTITUD ES CLAVE

3 junio, 2013

 

 

Este fin de semana fui a comprar al supermercado de costumbre. En la pescadería había una chica en período de prueba. Me enteré por la señora que tenía a mi lado que hacía media hora que le estaba limpiando un par de sepias. La observé y me di cuenta que su lentitud era consecuencia, en parte, de su inexperiencia. Pero por otra parte, y es la parte más importante, se debía a su actitud. Me dio la sensación que lo hacía a desgana. Su lenguaje corporal y su manera actuar así me lo indicaba. En un momento dado la señora le dijo que si le quedaba mucho que lo dejara estar que ya se lo limpiaría ella. A lo que la chica le respondió con una expresión facial y un tono de voz que decía: “¿que no ve que estoy trabajando?, ¡qué impaciente es usted!“; que estaba a punto de terminar.

Crucé los dedos para que me atendiera su compañera que iba a toda máquina para evitar que se le acumulara la clientela. Pero no tuve suerte. Y entonces la chica me preguntó que qué quería… con tono desganado. Le dije qué quería. “¿Quiere que se lo limpie?” –me preguntó- “Claro que claro que sí” – le respondí-. “Es que no todo el mundo pide de limpiarlo” – continuó- con una expresión facial y un tono de voz que decía: “¡Que no pregunto por preguntar!”. Y siguió con un: “¿qué le limpio, las escamas?”. Estaba claro que facilitar las cosas no era lo suyo. “Y las vísceras y recortas las aletas”. “Las aletas se da por sobreentendido” – apuntilló- . Entonces respiré hondo. Varias veces.

Mientras la observaba cómo limpiaba extasiada las ocho piezas pequeñas que le había pedido, me dio por pensar en lo importante que es la actitud. De cómo aquella chica no era consciente de lo que se estaba perjudicando a sí misma con esa manera de trabajar. Sobretodo en lo referente a su manera de comunicarse con los clientes.

Después de un buen rato, en el que pude practicar la paciencia y darle vueltas al pensamiento, la chica dejó el cuchillo a un lado para ponerse a comentar con otra compañera que pasaba por allí un tema que ni le iba ni le venía. Y protesté. Y me respondió “¡le estaba comentando una cosa a mi compañera!”. Y le respondí que hacía rato que esperaba pacientemente a que acabara y que primero era yo”. “Si ya he acabado” -respondió una expresión facial y un tono de voz que decía: “¡pero qué impertinente que es usted!”-. Envolvió el pescado lo metió en una bolsa y me la dio sin mirarme a la cara. Y me quejé al encargado.

El problema de esta chica no era que tuviera poca experiencia en el puesto. Era su actitud desganada con el trabajo y despectiva con los clientes. Y de la misma manera que no me gusta maltratar a los demás no soporto que me maltraten. Deseo que este toque de atención le sirva para darse cuenta de que su actitud le repercute negativamente en sus posibilidades de adaptarse al entorno y ganarse la vida. Y, por mi parte, me sirve de ejemplo para tenerlo presente y no caer en ese error.

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