ESTADO ANÍMICO Y COMUNICACIÓN INTERPERSONAL

21 octubre, 2013

 ESTADO ANÍMICO Y COMUNICACIÓN INTERPERSONAL

 

Cuatro años atrás aprendí una lección sobre comunicación interpersonal muy importante. Me encontraba dirigiendo una obra de teatro que había escrito especialmente para un grupo de actrices aficionadas. Recuerdo un día en que, de manera inusual, el entusiasmo durante el ensayo no era el de otros días, el ritmo vital del grupo era extrañamente lento y el ambiente parecía más denso que de costumbre. Finalmente hice la observación al grupo de que algo pasaba. ¡Y descubrí qué pasaba! ¡La causa era yo! ¡Me dijeron que me encontraban más bajo de energía y que se habían contagiado! ¡Me sentí como Edipo en la tragedia de Sófocles!

A partir de ese día me quedó clarísima la capacidad de empatía del ser humano, la facilidad con que se contagian los estados de ánimo y la responsabilidad que tiene uno cuando es el centro de atención de un grupo de personas. Como dice el refrán, recoges lo que siembras. ¡Y nos conviene estar atentos en todo momento para no despistarnos y equivocarnos de simiente! No sea que creyendo estar sembrando calma, acabemos recogiendo tempestades.

Cuando interactuamos con otras personas, de lo primero que se dan cuenta es de nuestro estado de ánimo. Nuestra expresión facial y corporal y nuestra voz informan a los demás de manera inequívoca sobre ello. Y eso es así a causa de las llamadas “neuronas espejo”, descubiertas por Giacomo Rizzolatti en 1996,  que nos proporciona la capacidad de empatizar.

Así pues cuando interactuemos con los demás nos conviene ser conscientes de que tenemos la capacidad de influir en los demás y los demás de influir en nosotros. Para bien y para mal.

Si por ejemplo estamos al frente de un grupo de personas nos conviene preguntarnos ¿desde dónde me relaciono?, ¿des de qué estado anímico?, ¿es este estado anímico el indicado para esta situación y para conseguir el objetivo que nos hemos propuesto?

Por otra parte si tenemos un compañero en la oficina que está de mal humor o un director de escena que no tiene el día, seamos conscientes que tenemos la capacidad para no dejarnos secuestrar por su estado anímico. Cuando sintamos que algo cambia en nuestro estado anímico preguntémonos por qué ocurre y planteémonos una posible alternativa: “Y si actúo como si estuviera entusiasmado?”; poniéndola en práctica posteriormente. Casi seguro que remontamos la situación.

Hace cuatro años aprendí una gran lección. Desde entonces tengo presente mi capacidad de influir en los demás y de la responsabilidad que tengo al tener que liderar una actividad compartida con un grupo de personas. No interactuar desde el estado anímico adecuado obstaculiza nuestro éxito comunicativo y lo que ello puede conllevar.

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