LA MONTAÑA, MAESTRA DE VIDA

24 febrero, 2014

 

 

¡Me apasiona la montaña! ¡Mis botas han recorrido miles de kilómetros, mis ojos han contemplado centenares de bellos paisajes y he sudado a litros! Andar por sus rutas y sendas  me ha supuesto un viaje interior y aprender una ética para andar por la vida. Edmund Hillary, el primer ser humano que logró pisar la cumbre del Everest dijo muy sabiamente:”No conquistamos las montañas, sino a nosotros mismos”.

Haciendo montañismo he aprendido que solo con esfuerzo se consigue algo significativo. Salvar un desnivel de casi mil metros o recorrer decenas de kilómetros en una jornada, requiere del esfuerzo de tus músculos. La mente tiene que esforzarse en mantener la ilusión por conseguir el objetivo que te has fijado… ¡A pesar del cansancio, el hambre o el dolor! Todo esto me quedó clarísimo hace veinte años mientras cumplía el servicio militar. Junto con la  compañía de esquiadores realicé una travesía de dos días en pleno invierno con el objetivo de subir el Vallibierna, un pico del Pirineo aragonés de algo más de tres mil metros. Durante la primera jornada la marcha duró seis horas después de las cuales construimos nuestros refugios en la nieve. En todo momento disfrutamos de un estupendo día soleado que nada hacía presagiar lo que vendría después. En el momento en que el sol empezó a retirarse, un frío helador empezó a avanzar y en cuestión de minutos las temperaturas bajaron bruscamente. A mí se me quitaron las ganas de comer así que solo ingerí una lata de macedonia. Al poco rato sentí náuseas. Respiré hondo varias veces, diciéndome que todo se debía al cansancio y al frío. Finalmente el malestar desapareció. Por la noche no pude pegar ojo a causa del fuerte viento que hizo imposible que el refugio se calentara.

Al levantarnos a la mañana siguiente el viento persistía. Encender el hornillo era imposible y la comida se había congelado. Así que no pude comer nada. Mientras formábamos para reiniciar la marcha, me enteré de que quince de mis compañeros se retiraban porque se habían intoxicado a causa del mal estado de la macedonia que yo también había comido.  ¡Superé una intoxicación con el pensamiento! En ese momento comprendí hasta qué punto es importante estar motivado.

Mientras esperaba a que la compañía acabara de formar me entró una gran debilidad. Miré al teniente que tenía a mi lado y le dije: “Mi teniente, estoy a punto de desmayarme”. Entonces él, que también estaba tocado, inició la marcha y me animó a  seguirle: “¡Vamos muévete, muévete!, ¡así la sangre te llegará al cerebro”.  Afortunadamente la sangre me llegó al cerebro a tiempo. Lo de afortunadamente es un decir, porque lo peor estaba por llegar.

Conforme ascendíamos el viento en contra soplaba cada vez con más fuerza, dificultando nuestro avance. Aquel día tomé conciencia de lo importante de ser precavido en montaña. Ser precavido consiste en plantearte posibles situaciones futuras y prepararte por si acaso acaban ocurriendo. ¡Cómo me alegré de haberme gastado un dineral en unos guantes! ¡Cómo me alegré de haber visto claro que los guantes que proporcionaba el ejército no servían para el frío extremo! Mientras algunos de mis compañeros se quejaban de no sentirse los dedos de las manos, yo los mantenía calientes. ¡Cuando llegamos a la cima el viento era tan fuerte que la sensación térmica era de treinta grados bajo cero! ¡Treinta grados bajo cero! Al finalizar la travesía, once de mis compañeros, acabaron hospitalizados por congelación.

Maurice Herzog, la primera persona en pisar una cima de más de ocho mil metros, dijo: “No es más quién más alto llega, sino aquél que más intensamente siente la belleza que le envuelve”. Dejarse conmover por la belleza del recorrido es la manera más gratificante de practicar montañismo. Es lo que te garantiza mantener la ilusión en todo momento. Es lo que da sentido profundo al esfuerzo que es necesario realizar. Aquellas dos jornadas, a pesar de todo, disfruté de la agreste belleza del entorno y en la cima, aunque fuera por unos breves segundos, gocé de una vista espectacular… Y me  sentí profundamente agradecido con la vida.

Haciendo montaña he aprendido muchas cosas. Que el esfuerzo es lo que te hace valorar lo que consigues. Que estar motivado es muy importante para seguir adelante. Que ser previsor te permite salir airoso de situaciones difíciles. Y de lo necesario que es percibir la belleza que te rodea para vivir intensamente y con sentido. La montaña es maestra de vida. Uno no sabe de lo que es capaz hasta que vive una situación extrema. Por mi parte y mientras pueda, saldré a su encuentro para aprender nuevas lecciones.

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