CUANDO MENOS ES MÁS

10 marzo, 2014

 

Esta semana pasada pasé por una experiencia que es habitual en el trabajo de un dramaturgo o un escritor. Eliminar un trozo de texto que me gustaba mucho.

Por más brillante que sea un texto, si resulta que dificulta el entendimiento de lo que queremos transmitir a nuestro receptor, si perjudica al conjunto, llega el momento de sacar las tijeras.

Esto es lo que me sucedió con un discurso que preparaba para una sesión de mi club Toastmasters. El tema del discurso era la enfermedad respiratoria, asociada al tabaco, conocida como EPOC (Enfermedad Pulmonar Obstructiva Crónica). Uno de los tres puntos principales del discurso trataba sobre las tres causas por las cuales aumenta la sensación de ahogo en las personas afectadas por esta enfermedad. El texto que eliminé se encontraba entre la segunda y la tercera causa. Concretamente era un comentario final que recogía las dos primeras causas expuestas antes de entrar en la tercera. El texto que eliminé fue éste que les muestro a continuación:

Un pulmón sano es como una esponja marina, suave y de grandes poros que tiene una gran capacidad de absorción y evacuación. En cambio un pulmón afectado por la EPOC es como una esponja del “todo a un euro”, dura y de poros pequeños”.

Esta comparación me gustaba porque era un recurso retórico potente debido a su capacidad de evocar imágenes y sensaciones. Así como contenía cierto humor. Pero me di cuenta que interrumpía la progresión del argumento que estaba desarrollando. Cuando introducía la tercera causa, el receptor, en este caso la audiencia, puesto que se trataba de un discurso, ya no se acordaba exactamente de qué tipo de causas les estaba hablando. De las causas por las que aumenta la sensación de ahogo en las personas afectadas por la EPOC. Y aunque, como acabo de hacer, recordara al receptor de qué le estaba hablando, la sensación que le quedaba era que me había desviado un tanto. Así que decidí eliminarlo. Lo sacrifiqué a favor de la claridad, a favor del desarrollo fluido del argumento, a favor de facilitar que la audiencia pudiera memorizar las tres causas.

Tomar la decisión de eliminar un texto que nos gusta no es fácil. Les confieso que yo me daba cuenta que, en realidad, no funcionaba en el conjunto del discurso de cara la comprensión del receptor. Pero no me decidí a eliminarlo hasta que mi esposa, mi auditora-sparring me confirmó que no funcionaba una vez que escuchó mi presentación.

En ocasiones decidir eliminar un trozo de texto, por más brillante que nos parezca, es la mejor opción. El objetivo principal es hacer llegar con claridad nuestro mensaje a quienes nos leen o nos escuchan. Lo que importa es que se acuerden de aquello que consideramos que es realmente importante. Si lo que tenemos que decir se puede decir con diez palabras, mejor que con veinte. Menos es más.

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