Estos días he seguido con interés, y consternación, la competencia comunicativa de la ministra de Sanidad del gobierno español y del consejero de sanidad de la Comunidad de Madrid, en relación con el primer contagio del virus de Ébola fuera de territorio africano; ocurrido en el hospital Carlos III de Madrid.

Tanto la ministra como el consejero de sanidad de la comunidad representan un claro ejemplo de dos factores que no se pueden dar en un acto de comunicación interpersonal o ante un público. Y mucho menos cuando la situación de comunicación es de crisis social.

Estos factores afectan a la credibilidad del emisor del mensaje por un lado y a la generación de rechazo en el receptor, por otro. Me refiero a no dominar el tema de qué se habla, es decir, no saber de qué se habla, como es el caso de la ministra. Y a la actitud prepotente y despectiva por parte del consejero de sanidad.

En la única rueda de prensa que ha concedido la ministra, apareció con cara angustiada y rodeada de su equipo de gobierno. Equipo en el que se encuentra el consejero de sanidad de Madrid. La Ministra se limitó a leer un comunicado de nueve minutos. Sin levantar prácticamente la vista en todo ese rato. Perdiendo el contacto visual con periodistas y telespectadores. Dando la sensación de que se estaba escondiendo.

Luego vino la confirmación de lo peor. Cuando los periodistas le hacían una pregunta, la expresión facial de la ministra mostraba incomodidad por el hecho de tener que dar explicaciones. Y una vez finalizada la pregunta, en voz baja, pedía a alguno de sus colaboradores que contestara. La ministra definitivamente se estaba escondiendo porque no tenía competencia para contestar. Y cuando se dignó a contestar, tras la insistencia de algún aguerrido periodista, lo hizo para no contestar a la pregunta y salirse por la tangente.

Para acabarlo de rematar, y ante la ausencia de la ministra en los medios de comunicación, el consejero de sanidad de la comunidad de Madrid ha venido mostrando en las ruedas de prensa una actitud chulesca y ofensiva. Ha llegado a acusar a la enfermera afectada de ser la única responsable de su contagio.
La ministra puede ser una incompetente en este caso pero no se ha mostrado prepotente. Causa desconfianza en quién la oye pero no una rabia, incluso odio visceral como el consejero.

Para mí la prepotencia es un sentimiento que se fundamenta en un relato mental que afirma: “yo sí sé, yo si valgo y tú tienes suerte de poder interactuar conmigo”. Personalmente me causan un gran rechazo aquellos oradores que se muestran pagados de sí mismos, que están encantados de escucharse y de exhibirse.

Lo importante es el mensaje. Es ser capaces de persuadir. Para ello el mensaje debe de ser el protagonista y el orador tiene que desaparecer. Como hacen los buenos actores que solo muestran el personaje y no su propia persona cuando actúan.

Los oradores exhibicionistas no asumen una cosa que está inscrita en la percepción humana. La humildad es persuasiva. La prepotencia genera rechazo. La humildad habla el lenguaje de la concordia y la paz. La prepotencia el lenguaje del conflicto y la guerra.

Al público hay que respetarlo. En su inteligencia y dignidad. Por ello si pretendemos transmitir un mensaje, si pretendemos presentarnos como interlocutor válido, debemos saber de qué hablamos. Y decirlo con respeto. Desde una actitud de humildad. Competentemente humildes. Y lograremos, a diferencia de la ministra de sanidad y el consejero de sanidad de Madrid, proporcionar confianza a aquellos que nos escuchan.

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Nunca es pronto para establecer comunicación con alguien. Para  establecer puentes emocionales y consolidar la relación. Sobre todo si ese alguien es tu hijo. Tu futuro (aunque presente) hijo.

Conversando el lunes pasado con uno de los futuros padres con los que compartí clase de preparto, me di cuenta de cómo algunos hombres pierden la oportunidad de establecer un puente emocional con sus propios hijos mientras se gestan en el vientre de sus parejas y fortalecer, así, su vínculo con ellos.

¿A qué me refiero? A algo tan sencillo como acercarse al abultado vientre y dedicarle los buenos días y las buenas noches y cantarle una breve canción a continuación. Llegar a casa después del trabajo y hacerle saber que papá ya llegó. Comentarle qué chulo es el carro o la habitación que le espera,.. En fin aprovechar cualquier oportunidad para hacerle presente que papá también existe.

A esta verbalización le podemos añadir unas caricias al vientre de mamá. Estas caricias pueden tener su propia identidad según sean las de los buenos días, las buenas noches o las de cuando llegamos de trabajar.

De la repercusión positiva que esto tenga para el feto no tengo la menor  certeza científica. Aunque estoy convencido que mal no le hace. Sobre todo teniendo en cuenta de cómo reacciona mi hijo cuando se lo hago. Eso es lo más importante. Que reacciona ante mis estímulos. Ante la presencia de mi voz y de mi tacto. Y eso me hace feliz porque él y yo ya estamos en contacto. Tenemos una relación. Y me proporciona la sensación de ser parte activa en su proceso de formación.

Por eso cuando el pasado lunes uno de los padres (en potencia que diría Aristóteles) me comentó que él de momento lo que hacía era esperar. Que en la fase de gestación poco puede hacer el hombre. Que ya cuando la viera pues ya se haría a la idea de que tiene una hija… No pude dejar de sentir sorpresa y tristeza. Por supuesto  le expliqué a continuación  qué era lo que yo hacía al respecto…, mientras me miraba con una expresión facial de sorpresa.

Establecer una relación de comunicación con el hijo o hija que se está gestando implica también establecer un nuevo puente emocional con la pareja. Es una manera de hacerle saber que estás ahí. Es una oportunidad de fortalecer la relación  y la vivencia en tanto que núcleo familiar. Y cuanto más se practica mejor.

Nunca es tarde para establecer una relación de comunicación con alguien. Sobre todo si ese alguien es tu futuro hijo. Por ello animo a todos los futuros (aunque presentes) padres a que tomen conciencia de lo mucho que ganan con ello. A que no se resignen, conformen o acomoden a desempeñar un rol pasivo  Practiquen a partir de hoy mismo. Sus hijos y sus parejas y ustedes mismos lo agradecerán.

¿Han notado ustedes la diferencia en la calidad de su voz cuando hablan de algo de lo que están profundamente convencidos? ¿De cuando están relajados, hablando en confianza? ¿De cuando son sinceros consigo mismos?

Es muy probable que su voz se torne más grave y armoniosa. ¿Y por qué? Porque se produce una conexión entre la parte física, emocional y mental de nuestra persona. ¿Y qué caracteriza a nivel fisiológico esta conexión? Una respiración profunda y pausada.

Cuando nos encontramos en este estado experimentamos una sensación de bienestar. Nos resulta gratificante. Y cuando nos encontramos ante alguien que está en este estado, también. Puesto que tenemos la capacidad de empatizar con el otro.

Esta sensación es uno de los factores que hacen que una comunicación sea  persuasiva. Porque transmite sinceridad. Y por lo tanto credibilidad.

¿Saben una cosa? Me provocan rabia y tristeza aquellas situaciones en que una persona estando cargada de razones y pudiendo mejorar su entorno, no lo consigue porque le traicionan los nervios, no tiene la autoconfianza suficiente o lo que ustedes quieran añadir… Y se expresa con una calidad de voz que juega en contra suya.

Creo que es necesario tener presente en cualquier acto comunicativo que establezcamos, la importancia de nuestra conexión física-mental-emocional. Por propia experiencia sé que es difícil ser consciente de esa conexión en todo momento. De lo que se trata es ser consciente de ello cada vez más. Sobre todo en momentos importantes como pueda ser una entrevista de trabajo, la exposición de una propuesta, proyecto, tesis, etc, ante un público, o el resolver un conflicto o negociar con otra persona.

Según salga nuestra voz proyectada, tendremos más o menos posibilidades de conseguir aquello que queremos. Y para poder proyectar una voz de calidad atractiva les propongo que antes de decir nada, efectúen aunque sea una sola respiración profunda. Tomando conciencia de todo su cuerpo. Pruébenlo ahora. Noten como su cuerpo se hace “presente”, cómo esto les proporciona una sensación de seguridad. Esto, en parte,  es así porque logramos reducir estrés mental aportando una dosis extra de oxígeno al cerebro.

Una vez hecha una o varias respiraciones, sintiendo su cuerpo, empiecen a hablar. Sin precipitarse. Con firmeza (que no es sinónimo de agresividad) Aduéñense del espacio con su voz. Imaginen que su voz sale proyectada no solo de su boca y garganta, sino también de su pecho, de su cabeza.

Tanto si hablan como si escuchan no dejen de prestar a tención a su respiración y la sensación de su cuerpo.

Hagamos todo lo posible para que en nuestros actos comunicativos nuestra voz no nos juegue a la contra. Respirar adecuadamente es algo fundamental para que esto no suceda. En nuestra mano está el ponerla en práctica.

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Existe una herramienta muy potente que nos permite afrontar las situaciones que nos desafían en nuestro día a día a nivel de comunicación. Es una herramienta extraída del mundo del espectáculo. Se trata del ensayo.

El ensayo es un proceso de memorización. Gracias a él los actores, por ejemplo, consiguen memorizar el texto, el recorrido emocional del personaje y su expresión a nivel de gesto y otros factores no verbales. De lo que se trata, en definitiva, es de interiorizar el rol del personaje dentro de una situación dada. De actuar de tal manera que el actor lo haga en modo “piloto automático” o muy identificado con su personaje.

Esta herramienta la podemos usar, insisto, para preparar nuestra actuación ante determinadas situaciones. Esas situaciones en las que hay un conflicto importante para nosotros o que necesitamos ser persuasivos para conseguir algo igualmente importante.

Sin duda esto implica una inversión de tiempo y esfuerzo. Pero los resultados justifican la inversión.

El ensayo nos permite romper el hielo. Si por ejemplo tenemos que resolver un conflicto con alguien, el ensayo nos permite ser conscientes de cómo lo vivimos a nivel emocional. Nos permite ser conscientes de nuestras fortalezas y nuestras limitaciones ante nuestro interlocutor o interlocutores.

Ensayar nos permite estructurar nuestro discurso. Tener muy claro cuál es nuestro posicionamiento, a qué estamos dispuestos y a qué no. Nos permite prever posibles actitudes y argumentaciones por parte del otro. Y, por lo tanto, estar preparados para adaptarnos rápidamente para jugarlo a nuestro favor.

El ensayo permite rebajar la tensión psíquica y física que una situación de estas características nos puede generar. Nos permite coger distancia y verla como un juego de estrategia en vistas a conseguir un objetivo.

Ensayar nos fortalece. Porque el cerebro registra que hemos reaccionado de cierta manera. Así pues, cuando estamos inmersos dentro de la situación real no le es extraña, intimidante, paralizante… Nuestro cerebro retoma la vivencia del ensayo y de él obtiene los recursos que le garantizan  una mayor posibilidad de éxito.

Pruébenlo, pídanle a alguien que les haga de sparring. Anoten cómo se sienten mientras desarrollan la escena. Cómo actúan y qué es lo que tiene que cambiar para que esa escena sea de su gusto o les aporte mayor felicidad.

La calidad de aquello que comunicamos depende en gran medida de nuestro estado de ánimo. Un mismo mensaje puede tener efectos distintos en nuestro interlocutor según cómo nos sintamos.

Esto es algo que debemos tener en cuenta, sobretodo, en aquellos momentos en que nos jugamos algo importante. En esos momentos nos será muy provechoso preguntarnos: ¿cómo me siento en este momento?, ¿cómo necesito sentirme para comunicar mi mensaje de manera que pueda conseguir lo que quiero de mi interlocutor?, ¿qué puedo hacer para sentirme como necesito?, ¿cómo tengo que actuar para causar en mi interlocutor la sensación que le quiero causar?

El estado de ánimo es algo difícil de ocultar y es lo que más empatía genera en nuestro interlocutor. Es el vínculo emocional más poderoso. Por lo tanto si hay incongruencia entre lo que decimos y lo que transmite nuestro estado de ánimo no tendremos credibilidad. Y por lo tanto nuestro mensaje, por más acertado que sea, es muy probable que caiga en saco roto.

También podemos causar sufrimiento a los demás si no tenemos esto en cuenta. Les pondré un ejemplo. Un médico ha tenido una intervención quirúrgica complicada. Además un colega suyo le ha estado presionando, durante la intervención, para que acabara cuanto antes porque tenía que entrar él con otro paciente. Ese médico acaba de mal humor por las malas maneras de su colega. Cuando llega a reunirse con los familiares de su paciente, que están angustiados, no es consciente de su estado de ánimo. Comunica el parte con el ceño fruncido, secamente y con cierta agresividad. Los familiares detectan que algo ocurre y creen que algo va mal. Entonces uno pregunta si el paciente está en peligro. Y el médico responde malhumorado: “claro que está en peligro, la operación ha sido complicada”. Pueden imaginar ustedes los efectos de esa declaración en los familiares…

Nuestro estado de ánimo marca cómo recibe nuestro mensaje nuestro interlocutor. Y es lo que posibilita que tenga o no el efecto que deseamos. Preguntémonos cómo nos sentimos y con esa información aumentaremos nuestras posibilidades de éxito comunicativo.

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