¿Han notado ustedes la diferencia en la calidad de su voz cuando hablan de algo de lo que están profundamente convencidos? ¿De cuando están relajados, hablando en confianza? ¿De cuando son sinceros consigo mismos?

Es muy probable que su voz se torne más grave y armoniosa. ¿Y por qué? Porque se produce una conexión entre la parte física, emocional y mental de nuestra persona. ¿Y qué caracteriza a nivel fisiológico esta conexión? Una respiración profunda y pausada.

Cuando nos encontramos en este estado experimentamos una sensación de bienestar. Nos resulta gratificante. Y cuando nos encontramos ante alguien que está en este estado, también. Puesto que tenemos la capacidad de empatizar con el otro.

Esta sensación es uno de los factores que hacen que una comunicación sea  persuasiva. Porque transmite sinceridad. Y por lo tanto credibilidad.

¿Saben una cosa? Me provocan rabia y tristeza aquellas situaciones en que una persona estando cargada de razones y pudiendo mejorar su entorno, no lo consigue porque le traicionan los nervios, no tiene la autoconfianza suficiente o lo que ustedes quieran añadir… Y se expresa con una calidad de voz que juega en contra suya.

Creo que es necesario tener presente en cualquier acto comunicativo que establezcamos, la importancia de nuestra conexión física-mental-emocional. Por propia experiencia sé que es difícil ser consciente de esa conexión en todo momento. De lo que se trata es ser consciente de ello cada vez más. Sobre todo en momentos importantes como pueda ser una entrevista de trabajo, la exposición de una propuesta, proyecto, tesis, etc, ante un público, o el resolver un conflicto o negociar con otra persona.

Según salga nuestra voz proyectada, tendremos más o menos posibilidades de conseguir aquello que queremos. Y para poder proyectar una voz de calidad atractiva les propongo que antes de decir nada, efectúen aunque sea una sola respiración profunda. Tomando conciencia de todo su cuerpo. Pruébenlo ahora. Noten como su cuerpo se hace “presente”, cómo esto les proporciona una sensación de seguridad. Esto, en parte,  es así porque logramos reducir estrés mental aportando una dosis extra de oxígeno al cerebro.

Una vez hecha una o varias respiraciones, sintiendo su cuerpo, empiecen a hablar. Sin precipitarse. Con firmeza (que no es sinónimo de agresividad) Aduéñense del espacio con su voz. Imaginen que su voz sale proyectada no solo de su boca y garganta, sino también de su pecho, de su cabeza.

Tanto si hablan como si escuchan no dejen de prestar a tención a su respiración y la sensación de su cuerpo.

Hagamos todo lo posible para que en nuestros actos comunicativos nuestra voz no nos juegue a la contra. Respirar adecuadamente es algo fundamental para que esto no suceda. En nuestra mano está el ponerla en práctica.

Anuncios

 ANTES DE ESCRIBIR UN DISCURSO

 

A la hora de escribir un discurso nos conviene preguntarnos y respondernos un par de cuestiones:

La primera: ¿qué quiero decir?

La segunda: ¿qué espero del público una vez haya escuchado lo que quiero decir?

Si no tenemos esto claro, como se suele decir, “Apaga y vámonos”. Porque seremos incapaces de persuadir a nuestro interlocutor. Y nuestra credibilidad, nuestra competencia, al menos en el asunto, quedará tocada.

Las dos respuestas han de poder ser contestadas en una sola oración gramatical, en el mejor de los casos. Con un verbo en presente. Les pondré un ejemplo de un discurso que escribí cuyo tema tenía que ver con el reciclaje de la materia orgánica.

A la primera pregunta, “¿Qué quiero decir?”, respondí: Usar una bolsa biodegradable facilita un reciclado de la materia orgánica de alta calidad. A la segunda pregunta, “¿Qué espero del público una vez  que haya escuchado lo que quiero decir?”, respondí: Que vayan  a comprar bolsas biodegradables para colocar la materia orgánica a partir de ahora.

A partir de aquí se inicia un proceso de escritura que tendrá como referencia estas dos respuestas. La columna vertebral de nuestro discurso.

Muchas son las cosas que tenemos que tener en cuenta a partir de aquí. Cosas que con la práctica las iremos interiorizando hasta llegar a ser inconscientemente competentes. Como por ejemplo una estructura, una retórica, unos mecanismos dramatúrgicos que faciliten la memorización del discurso por parte del público… Y que comentaré en futuros posts.

Aunque previo a esto hay un aspecto que considero fundamental y que no me cansaré de repetirlo, DEBEMOS EVITAR SER ABURRIDOS. Disculpen mi vehemencia… ¿Cómo podemos no aburrir? Que no es lo mismo que ser divertidos o graciosos… Muchas son los mecanismos que nos pueden ayudar. Esto da para uno o más posts… Quiero compartir con ustedes la siguiente cita de Voltaire: “El secreto de aburrir a la gente consiste en decirlo todo.” Esto que Voltaire aplicaba a sus escritos literarios y dramáticos también sirve para la escritura de discursos. Esto quiere decir que nos conviene poner negro sobre blanco lo que sea absolutamente necesario para conseguir nuestro objetivo. Por lo tanto hay que evitar a toda costa dar más información de la estrictamente necesaria. “Menos es más” que decía el arquitecto Mies van der Rohe”.

Nos conviene no saturar de información a nuestra audiencia. Porque el aguante, es realmente limitado. Si tiene que estar varios minutos haciendo el esfuerzo para no perderse nada de lo que estamos diciendo, si utilizamos frases muy largas y las encadenamos una detrás de otra sin dar respiro, con el mismo tono, etc… desconectará. Lo que le digamos, le entrará por un oído y le saldrá por el otro. Y puede que nos maldiga los huesos por someterla a semejante “suplicio”.

Tener claro qué queremos decir, qué queremos de nuestro público una vez escuchado nuestro discurso y estar predispuestos a economizar nuestra información y evitar la verborrea es garantía de discurso eficaz. A partir de aquí podemos empezar a escribir.

179

Existe una herramienta muy potente que nos permite afrontar las situaciones que nos desafían en nuestro día a día a nivel de comunicación. Es una herramienta extraída del mundo del espectáculo. Se trata del ensayo.

El ensayo es un proceso de memorización. Gracias a él los actores, por ejemplo, consiguen memorizar el texto, el recorrido emocional del personaje y su expresión a nivel de gesto y otros factores no verbales. De lo que se trata, en definitiva, es de interiorizar el rol del personaje dentro de una situación dada. De actuar de tal manera que el actor lo haga en modo “piloto automático” o muy identificado con su personaje.

Esta herramienta la podemos usar, insisto, para preparar nuestra actuación ante determinadas situaciones. Esas situaciones en las que hay un conflicto importante para nosotros o que necesitamos ser persuasivos para conseguir algo igualmente importante.

Sin duda esto implica una inversión de tiempo y esfuerzo. Pero los resultados justifican la inversión.

El ensayo nos permite romper el hielo. Si por ejemplo tenemos que resolver un conflicto con alguien, el ensayo nos permite ser conscientes de cómo lo vivimos a nivel emocional. Nos permite ser conscientes de nuestras fortalezas y nuestras limitaciones ante nuestro interlocutor o interlocutores.

Ensayar nos permite estructurar nuestro discurso. Tener muy claro cuál es nuestro posicionamiento, a qué estamos dispuestos y a qué no. Nos permite prever posibles actitudes y argumentaciones por parte del otro. Y, por lo tanto, estar preparados para adaptarnos rápidamente para jugarlo a nuestro favor.

El ensayo permite rebajar la tensión psíquica y física que una situación de estas características nos puede generar. Nos permite coger distancia y verla como un juego de estrategia en vistas a conseguir un objetivo.

Ensayar nos fortalece. Porque el cerebro registra que hemos reaccionado de cierta manera. Así pues, cuando estamos inmersos dentro de la situación real no le es extraña, intimidante, paralizante… Nuestro cerebro retoma la vivencia del ensayo y de él obtiene los recursos que le garantizan  una mayor posibilidad de éxito.

Pruébenlo, pídanle a alguien que les haga de sparring. Anoten cómo se sienten mientras desarrollan la escena. Cómo actúan y qué es lo que tiene que cambiar para que esa escena sea de su gusto o les aporte mayor felicidad.

Nuestra voz es una de nuestras más potentes cartas de presentación ante los demás. Una voz bien asentada y bien proyectada es un elemento de atracción. Por este motivo hoy quiero proponerles un ejercicio que les ayudará a descubrir su “auténtica voz”, mejorando su proyección.

Para ello les propongo que utilicen el resonador de la “máscara” como amplificador del sonido que se origina en las cuerdas vocales en lugar de focalizarse en la garganta. Que es el resonador que usamos habitualmente. Les propongo que descubran su voz más allá de su zona de confort… y experimenten las consecuencias.

El resonador de la “máscara” se encuentra en la zona de los dientes superiores, debajo de la nariz. Ahí es donde debemos llevar la vibración del aire que sale de nuestras cuerdas vocales. ¿Cómo lo haremos? Con el siguiente ejercicio:

Con la boca cerrada sin juntar las mandíbulas, produciremos el siguiente sonido: “um-hmm”. Sin forzarlo. Lo repetimos de nuevo, pero esta vez, antes de que se nos agote el aire, pronunciaremos: “uno”. Cuando consigamos la vibración entre el labio superior y la nariz, habremos conseguido nuestro tono. El tono natural de nuestra voz.

Cuando consigamos nuestro tono, si nos colocamos una mano en la garganta y otra en la zona de los dientes superiores, debajo de la nariz, la vibración tienen que sentirla en esta última zona.

A partir del momento que conseguimos el tono, lo que haremos, es pronunciar el “um-hmm” y, a continuación, los números que podamos decir en una sola exhalación. Sin forzar. Sin apurar el aire demasiado. El siguiente paso es leer un texto o recitar una canción que nos sepamos o improvisar un pequeño discurso.

De lo que se trata es de conseguir, a través del hábito, el poder llevar la vibración a esa zona. Con ello conseguiremos que nuestra voz no se fatigue con tanta facilidad además de una variedad tonal y una capacidad de proyectar la voz mucho mayor.

Estos efectos son percibidos por aquellos que nos escuchan. Y es algo que atrae porque perciben a alguien que está conectado con aquello que dice de una manera vívida. Y eso es algo realmente persuasivo.

La calidad de aquello que comunicamos depende en gran medida de nuestro estado de ánimo. Un mismo mensaje puede tener efectos distintos en nuestro interlocutor según cómo nos sintamos.

Esto es algo que debemos tener en cuenta, sobretodo, en aquellos momentos en que nos jugamos algo importante. En esos momentos nos será muy provechoso preguntarnos: ¿cómo me siento en este momento?, ¿cómo necesito sentirme para comunicar mi mensaje de manera que pueda conseguir lo que quiero de mi interlocutor?, ¿qué puedo hacer para sentirme como necesito?, ¿cómo tengo que actuar para causar en mi interlocutor la sensación que le quiero causar?

El estado de ánimo es algo difícil de ocultar y es lo que más empatía genera en nuestro interlocutor. Es el vínculo emocional más poderoso. Por lo tanto si hay incongruencia entre lo que decimos y lo que transmite nuestro estado de ánimo no tendremos credibilidad. Y por lo tanto nuestro mensaje, por más acertado que sea, es muy probable que caiga en saco roto.

También podemos causar sufrimiento a los demás si no tenemos esto en cuenta. Les pondré un ejemplo. Un médico ha tenido una intervención quirúrgica complicada. Además un colega suyo le ha estado presionando, durante la intervención, para que acabara cuanto antes porque tenía que entrar él con otro paciente. Ese médico acaba de mal humor por las malas maneras de su colega. Cuando llega a reunirse con los familiares de su paciente, que están angustiados, no es consciente de su estado de ánimo. Comunica el parte con el ceño fruncido, secamente y con cierta agresividad. Los familiares detectan que algo ocurre y creen que algo va mal. Entonces uno pregunta si el paciente está en peligro. Y el médico responde malhumorado: “claro que está en peligro, la operación ha sido complicada”. Pueden imaginar ustedes los efectos de esa declaración en los familiares…

Nuestro estado de ánimo marca cómo recibe nuestro mensaje nuestro interlocutor. Y es lo que posibilita que tenga o no el efecto que deseamos. Preguntémonos cómo nos sentimos y con esa información aumentaremos nuestras posibilidades de éxito comunicativo.

A %d blogueros les gusta esto: